Comandante Chávez

24.sep.2012 / 09:02 am / Haga un comentario

Llegamos a Mérida en la tarde, apurados porque sabíamos que, desde temprano, la gente había empezado a congregarse cerca de la tarima. Así lo contaban en Twitter amigos que estaban en el lugar. Mi teléfono me alertaba desde el bolsillo con un «pío-pío» cada vez que entraba un mensaje. Yo, queriendo adelantarme a lo que vería esa tarde, buscaba en la pantallita lo que estaba por ver en un ratico.

En El Vigía la gente esperaba, muchas mujeres y muchos niños coreando el nombre de nuestro Presidente. Ese «Chá-vez, Chá-vez» que se escucha a donde quiera que vamos, ese griterío que se arma cuando mi Presi se asoma y saluda. Esa alegría que se repite en todas las actividades chavistas. La alegría más alegre porque es la alegría de todos, hasta de los que no saben, hasta de los que no entienden, hasta de los que, por no verla, se enchufan a Globovisión. La alegría de un pueblo que conquista derechos para todos, incluso para los que no se quieren alegrar.

El camino de El Vigía a Mérida estaba bordeado de gente que saludaba con pañuelitos rojos, con pancartas, con las manos. Quise compartir lo que miraba, quise que todos vieran esas montañas, el río, pero sobre todo la gente que saludaba tan contenta al borde de la carretera. Tomé mi teléfono y traté de condensar en 140 caracteres una imagen que, como todos sabemos, «vale más que mil palabras». ¡Tuit!

Desde ese momento empecé a vivir nuestro paso por los Andes en dos dimensiones: la real y la virtual, la que se mira con los ojos y la que no se quiere ver.

@Clara_la_de_la_vida_oscura: «No mientas, chavista tarifada, que en Mérida no hay nadie. Yo lo vi en Globovisión…» (tuit).

Mérida atiborrada de gente esperaba a Chávez y Clara, la de la vida oscura, desde Caracas empeñada en convencerme, en convencerse, de que aquello no era así.

Llegué a la tarima un rato después de que lo hiciera mi Presi. Desde ahí pude ver toda la avenida, largota, de cuatro canales, llena hasta donde se pierde la vista. Al final, más allá, la montaña veía lo mismo. Estaba garuando, esa lloviznita fría que espantaría a más de uno en una tarde cualquiera, pero no esa tarde porque ahí estaba Chávez y ahí estaba el pueblo con él.

@Clara_la_de_la_vida_oscura: «Que llueva, que llueva, la vieja está en la cueva…» (tuit).

Mérida cantando bajo la lluvia. Mérida chavista hasta los tequeteques. Mérida en campaña: la campaña perfecta. Y en campaña, Patricia Acosta, de La Mano Poderosa de San Rafael de Tabay. Ella es patrullera, y fíjate, Clara, la de la vida oscura, que es patrullera a conciencia: Patricia, que vive en una comunidad rural, de esas a las que nadie les hacía caso, ahora, culpechavez, es beneficiaria de la Misión Sucre. Estudia Gestión Social, según nos explicó ella misma, en la aldea universitaria Miguel Otero Silva (¡Ah, Miguel Henrique!). Y claro, eso es normal desde que ocupamos el quinto lugar en el mundo de los países con mayor matrícula universitaria.

Patricia nos sigue contando sobre su comunidad y yo, que vengo de los tiempos de la nada, sigo disfrutando de mi propio asombro. Explica Patricia cómo los médicos llegan a la gente que no podía llegar a los médicos, cómo los Mercalitos acercan la comida a las comunidades remotas. Nos cuenta de un vivero para los niños de la escuela de La Mano Poderosa, nos cuenta de los abuelos de su comunidad que ahora reciben su pensión, nos cuenta lo que sabemos, de nuestros derechos reconocidos. Eso explica sus razones, nuestras razones para votar por Chávez.

@Clara_la_de_la_vida_oscura: «Mentira, a ustedes les pagan para decir eso porque este Gobierno no ha hecho nada, nada, nada, nada…» (tuiteando con los dedos tapándole las orejas).

Terminando el encuentro se desató un palo de agua que no mojó los ánimos. Las calles de Mérida parecían ríos. Los merideños bajo el aguacero, empapados pero contentos. Ni la lluvia pudo con ellos. Parecía que no querían dejar esas calles, parecían querer prolongar la fiesta.

@Clara_la_de_la_vida_oscura: «Desoladas las calles de Mérida por culpa del hampa. En Mérida, como en el resto del país, ya nadie se atreve a salir de casa» (tuit desde un restaurante de Las Mercedes, Caracas).

Al día siguiente en Valera, la fiesta continuó. Otra vez la gente: desde el aeropuerto, donde esperaba un gentío cuya vista iluminó con una sonrisota la cara de mi Presi al bajarse del avión. Desde ahí en adelante, gente abarrotando cada calle, cada ventana, cada balcón, techo o terraza, hasta las ramas de los árboles eran buenas para subirse a ver a Chávez. Otra vez la misma alegría, siempre la alegría. El mismo propósito, las mismas razones. Cada ciudad que visitamos es un encuentro con uno mismo, nuestra mirada en la mirada de otros. Todos somos una misma cosa: somos chavistas.

De las calles de Valera nunca pude ver la calle, todo era gente que desembocaba en una avenida donde ya no cabía ni un alfiler. En las calles, aún sin posibilidad de ver a Chávez, la gente permanecía. Al lado de la tarima principal, con muy mala vista, había una callecita desbordada de personas que se conformaban con poder escucharlo de cerquita… saberlo cerquita.

@Clara_la_de_la_vida_oscura: «Abran los ojos, chavistas, Chávez no tiene pueblo, ese bululú no es verdad porque yo NO lo vi en Globovisión» (tuit angustiado durante una asomadita de Clara por VTV).

Y cerquita se queda, se queda, se queda, mi Comandante, se queda… Se queda en cada pueblo aún cuando regrese a Caracas. Se queda en las misiones, en Barrio Adentro, Mercal, en la Aldea Universitaria, en las Canaimitas de los niños. Se queda metido en el corazón… se queda, porque el 7 de octubre vamos todos, cargados de razones, a votar por Chávez, mi Presi, nuestro Presi, el corazón del pueblo, el candidato de la Patria.

@Clara_la_de_la_vida_oscura: «Te lo juro que si gana Chávez yo me voy del país. Este comunismo me está matando» (tuit desde la orilla de la piscina del Club Valle Arriba meneando un gin tonic).

@tongorocho: «Tranqui, Clara, que siempre amenazas con lo mismo y nunca te vas, porque nunca viviste mejor que ahora, culpechavez. ¿En serio vas a votar contra ti misma sólo por no dar tu brazo a torcer? ¡Uh ah!».

 

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