Comandante Chávez

7.sep.2012 / 10:16 am / Haga un comentario

Entrar al Salón Ayacucho me hizo sentir como una especie de Alicia, la del país de las maravillas, atravesando esta vez una pantalla de televisión que me llevó a un mundo, que por mucho que lo hubiera visto antes en mi tele, ayer, ahí adentro, era todo nuevo.

Íbamos a la entrega de los Petro-Orinocos a profesores universitarios, a funcionarios y a docentes del Ministerio de Educación jubilados.

Se trataba de un acto de gobierno y un incauto podría pensar que sería un acto aburrido, que todos los actos de este tipo, en todas partes, están cortados con la misma tediosa tijera, pero no, este no era un acto de cualquier gobierno y aquí la tijera que corta la maneja Chávez.

Me llamó la atención el silencio. En la medida en que intuíamos la llegada de mi Presi las conversaciones, los saludos alegres, las risas que venía escuchando desde que llegué al salón se fueron apagando y las miradas, todas, trataban de adivinar por dónde llegaría él.

«Buenas, buenas, buenas», llegó mi Presi como quien llega a casa de unos amigos; ahí, sonriendo, mirando a cada uno de los invitados, recorriendo con sus ojos muy mirones cada detalle del salón. Llegó con él la alegría, la sencillez, arrasando con el almidonamiento que impone el protocolo: «Hoy es 4 de septiembre, martes… ¡Ustedes están como tiesos ahí! ¡Relájense, relájense!». ¡Y cómo no relajarse!

Se acabó el silencio. Mi Presi prefirió hablar de pie, caminando de arriba a abajo entre las dos largas mesas de los invitados, conversando con ellos, cerquita, a medio metro de distancia.

Adivino mi cara en las caras de fascinación de los profes. En cinco minutos ya mi Presi había hablado del PIB, de la inflación, de la Faja Petrolífera, de los convenios con China, de boleros, del amor; todo esto con dos o tres chistecitos intercalados, hasta que él mismo se interrumpió diciendo: «¡Yo empecé a hablar y el acto no ha empezado! Es que estaba practicando», se rió.

Entonces sí empezó de verdad, y fue simplemente la continuación de lo que ya había empezado. Mi Presi, haciendo una de las cosas que mejor hace, nos dio una lección de «economía al alcance de todos», por si acaso alguien no entendía «con qué se comen» los Petro-Orinocos. Los profes recibieron frasquitos con muestras de petróleo y algunos de sus subproductos. Me dio mucha risa cómo casi todos, con disimulo, destapaban el frasquito de azufre para ver a qué olía… «¡Huele a azufre!», dijo mi Presi hace años en la Asamblea General de la ONU. Todos queríamos saber a que olía lo que olió mi Presi allá.

De la clase pasamos al recreo con la entrega, a cada profe y funcionario, de sus Petro-Orinocos. Se hacía justicia, se saldaba una deuda que tal vez duró demasiado, pero al fin llegó. No pude dejar de pensar en mi papá, tampoco pude evitar la infantil imagen de verlo sentado en una nube, mirando hacia abajo, aplaudiendo a sus colegas reivindicados, aplaudiendo a su Presidente y, ya que aplaudimos, pues, aplaudiendo a su niña que estaba ahí aplaudiendo.

Mi Presi se fue acercando, de uno en uno, a todos los profes y funcionarios que esa tarde recibían sus prestaciones; pero mi Presi es mi Presi y hace las cosas como sólo él las hace. Fue así cómo un acto formal de gobierno se convirtió en una tarde para recordar toda la vida.

La moderadora anunciaba los nombres de los beneficiarios y en cada uno mi Presi encontraba un nexo, un cuento, un chiste que los convertía en amigos.

«Miguel Ángel Rengifo», anunció la moderadora y Miguel Ángel agregó orgulloso: «De Camaguán», palabras mágicas que hechizan a mi Presi: «¡Camaguán, que es tierra mía!». Y canta mi Presi cantor: «Camaguán, que es tierra mía, que siempre vive…», y ya son  amigotes Miguel Ángel y mi Presi y yo también me siento un poco amigota de los dos.

De Camaguán nos paseamos por la Valencia de la profesora Ángela Rosa Fernández, por la Valera de Lenín Molina, por La Pastora caraqueña con Lenny Soriano Cruz, a quien le pregunta mi Presi —muerto de la risa— si le molestan los gallos que él tiene en Miraflores. Por Barquisimeto, Caripito… «¡Juan! ¡Juan Perdomo! ¡Nombre criollito, compadre! ¿De dónde es usted, Juan?». Pues Juan era de ahí cerquita de donde vivió mi Presi, por la carnicería, en el puente, arriba… Y uno podía imaginarlo todo mientras Juan y mi Presi recordaban el taller del gallego, los cafecitos compartidos con toda esa gente de Santa Rosa, en Maracay.

De repente volamos a La Habana con el corazón en la mano y soñamos con la paz en Colombia, que será la paz de todos. Mi Presi reconoce los rasgos llaneros en la cara emocionada de Ismelda Arias: «Yo soy de Ciudad de Nutrias», dijo la profesora, y voló la mente de mi Presi por aquellos lados y nos llevó con él a navegar por el Apure —todos en el mismo barco— desde Caicara hasta Guasdualito. Ismelda —llanera al fin, como dijo mi Presi— había escrito algo: un agradecimiento sencillo, emotivo; tan emotivo que no pudo terminar de leerlo. Me acordé de mi abuela, Mamama, que decía que en momentos así sentía una papa en la garganta. Creo que todos ahí teníamos una papa en la garganta…

Fue así como fuimos amigos en el Salón Ayacucho. Hay por ahí una teoría que dice que dos personas cualesquiera, en cualquier lugar del mundo, se relacionan —como puntos— a través de siete personas: una que conoce a otra y otra que conoce a Fulano y Fulano a Perencejo hasta unir, en una cadena improbable de relaciones, a dos perfectos desconocidos. En Venezuela acortamos esa distancia, el punto de encuentro es uno solito. El punto de encuentro es mi Presi.

A todas estas, desde que comenzó la tarde mis ojos —que quieren beberse todo lo mirable— se empeñaban en detallar los zapatos de mi Presi: unos zapatos café con leche, sencillos, con las suelas más gastadas de un lado que del otro, zapatos caminados, llenos de historias… Pero esa será otra historia.

 

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